En la vida de los seres humanos hay personas, situaciones o lugares que permanecen por siempre imborrables en la memoria. Lugares donde hemos estudiado, sitios a los que hemos viajado, compañeros de colegio, viejos amigos, acontecimientos vividos con la familia, el primer amor o incluso situaciones rutinarias. Y allá en lo más hondo de los recuerdos lo vivido en la infancia. Esto último en muchas ocasiones nos marcará de por vida y construirá una gran parte  de nuestro comportamiento, nuestros principios, nuestros valores, nuestras costumbres o nuestra forma de ver y sentir la vida.

Tarde de domingo. Las 4. Escaleras. Un grupo de gente que sube. Murmullos. Voy de la mano de mi tío. Estoy nervioso. Mi madre me ha vestido con un pantalón corto beige, una americana azul y un polo de cuello alto. Y en la solapa, orgulloso, mi escudo del RCD Espanyol. Huele a puro.

Saludamos a conocidos. Nos paramos en el bar del Estadio. Allí los mayores toman un cortado o un carajillo. Quiero ver ya el campo. Se hace tarde. Van a salir los jugadores. Me impaciento.

Subimos unos peldaños y ¡¡oooooh!! Sarrià. Precioso. Que verde el césped. Nos sentamos. Que bien se ve, estamos casi en la línea del centro del campo. Si hasta huele a hierba cortada. De repente, salen los jugadores. Ovación. Ese es José María, el calvo. Solsona, el ocho. Amiano, el nueve. De Felipe, el del bigote. Los de mis cromos. Los de mis chapas. Los del póster. Y estoy aquí. Un sueño.

Yo, como muchos de vosotros, soy perico desde que alcanza mi memoria. Cuando un amigo culé me dice que en la vida eres antes anticulé que perico lo desmiento rotundamente. Yo no sabía ni que era el Barça y ya decía de niño que era del Espanyol. Mi familia materna era toda perica. Mi abuelo, aunque le gustaban más los toros, mis tíos, mi madre y sobre todo mi tío Gerardo, el hermano de mi madre. Gerardo fue el que realmente me introdujo en mi pasión por el Espanyol desde muy niño. También él me regaló mi primer carnet de socio. Y por supuesto con él iba casi cada domingo de partido a Sarrià. No solamente compartimos la pasión por el Espanyol y por los deportes (fue un gran jugador de balonmano), sino que heredé de él la vocación por la Medicina y aprendí de él una forma de ver la vida y unos valores que me han acompañado siempre. Junto con mis padres y mis abuelos, sin duda, el adulto que más me marcó y con el que más aprendí  de niño.

Aquellos fueron unos años que recuerdo con gran cariño. Estábamos toda la semana pendientes del partido del domingo. Leyendo el Dicen o el Mundo Deportivo. A veces el As. Novedades, clasificación, jugadores, resultados, goleadores, tablas. Teníamos toda la información en la  prensa deportiva. El sábado ya empezaban los nervios. Ya pensabas en el rival. Ya hacías cábalas: “Si ganamos…”. El domingo comíamos juntos a veces toda la familia, otras veces sólo  en casa de mis tíos. “Hay que comer pronto”, recordábamos. Bajábamos desde Paseo   Bonanova. A veces en coche. Al llegar a Mitre y delante del Restaurante Las Cinco Villas, en una pequeña isleta, si estaba un guardia urbano que era conocido, le saludábamos, apartaba un cono del suelo y le decía a Gerardo: “Doctor, aparque aquí.” Cruzábamos Mitre. Allí se levantaba majestuoso nuestro Estadio. Andábamos unos metros y ya estábamos frente a la puerta de Tribuna. “Pasen, señores”. Escaleras arriba. Nos encontrábamos y saludábamos a algún conocido. Una parada en el bar si íbamos con tiempo y a nuestro asiento. Ya faltaba menos para el partido.

Estábamos entre la línea del área del gol norte y la línea del centro del campo. En la fila 20 más o menos. A nuestro lado se sentaba Josep Mussons, vicepresidente del Barça. Con su puro y su sombrero. Impertérrito. Callado. A mi me impresionaba aquel señor. A nuestra espalda, en un palco, el Dr. Español y su familia. Grandes pericos y amigos de mis padres. Lo recuerdo al cabo de unos años gritando: “¡¡Orejueeeela!! Siempre apasionado. También recuerdo al Dr. Córdoba y sus hijos, también grandes amigos nuestros. Pepe Córdoba era tan sufridor que a veces no podía resistir estar sentado en su asiento y tenía que marcharse. Y recuerdo varias señoras mayores alrededor en esa zona. Las que más gritaban. “Ai, noi, que avui patirem”. Sentías como si fuera una gran familia.

Por entre las gradas pasaban vendedores ambulantes de bebidas, helados o caramelos durante el partido. A veces se te quedaba delante, con su chaqueta blanca de camarero y no te dejaba ver. “Que le devuelva el cambio ya de una vez”, le decía yo a Gerardo. “No me deja ver la  jugada”. Recuerdo que los vendedores tenían una serie de frases que vociferaban. “Cerveza, Fanta, Cocacola”. “Al rico bombón helado”. “Al rico chupón caramelo”. A veces Gerardo me compraba un helado, pipas o un caramelo rico. Y lo disfrutabas durante el partido, aunque en alguna ocasión se me había caído al suelo con la emoción de los goles. Y recuerdo humo. Mucho humo. Entre puros, pipas y cigarrillos ascendía una gran columna de humo hacia el cielo de Barcelona. Aunque no he sido fumador, no me molestaba. Al revés, me gustaba el olor a puro o tabaco de pipa, como la que fumaba mi abuelo. Es curioso, pero ante este olor cierro los ojos y recuerdo Sarrià.

Llegaba la media parte. Siempre salíamos. A estirar las piernas. A veces al bar a tomar algo. Se hacían corrillos con la gente conocida, comentando el partido. Recuerdo a Manolo Nuñez Tomás, gran amigo y gran perico, fallecido hace pocos meses. Él después sería un prestigioso Médico Internista de Corachán. Juntos muchas veces hemos recordado aquella época. A veces salíamos al balcón de la Tribuna, donde estaban los mástiles y colgaban las banderas. En ocasiones discusiones apasionadas. Gente enfadada. Indignación con el árbitro, aquel contrario provocador o leñero o algún jugador nuestro con dos píes izquierdos. Risas muchas veces aquellas temporadas. Los 70 fueron una gran década. Se te pasaba en un suspiro el descanso. “Rápido, que ya salen los jugadores”. Y a disfrutar otra vez de tu equipo.

Los goles eran una fiesta. Las señoras mayores enloquecían con sus chillidos, Mussons masticaba el puro sin cambiar ni un ápice su rictus serio, oía gritar a los amigos de los palcos de atrás, yo me abrazaba a Gerardo y chocabas la mano con los vecinos. “Bien, chaval. Ya te he dicho que hoy marcaba el tronco de Amiano que a ti tanto te gusta”, me decían. Si, Amiano.

Grandísimo representante de aquel otro fútbol. Noble, luchador, incansable, mi ídolo. Por él llevaba el 9 en mi camiseta del Espanyol cuando salía a jugar al patio del colegio.

Se acercaba el final del partido, pero 5 minutos antes ya salía gente. “No es posible”, “¿como puede ser que se vayan si vamos empatados?” Siempre eran los mismos, con las mismas prisas. No lo entendía. En muchas ocasiones se perdían goles decisivos, goles salvadores, goles apoteósicos o goles lamentables. Pero les daba igual, repetían. En estas el árbitro pitaba el final. Te despedías de tus vecinos y conocidos y la riada humana bajaba las escaleras de la Tribuna Vieja y salía a la calle. En ocasiones entre cánticos. Otras veces, por suerte, las menos, resignados y cabizbajos.

Casi nunca volvíamos directos a casa. Los bares de los alrededores de Sarrià se llenaban de aficionados. Allí muchas veces nos encontrábamos con mis padres y mis hermanas, que venían a recogerme. “¿Que tal ha ido?”, preguntaba mi madre, muy perica, pero que no tenía ni idea de fútbol. “Hemos ganado, mamà. Partidazo”. Y mi madre, que siempre compartió conmigo alegrías  y tristezas, me sacudía el pelo y me daba un beso. El Cinco Villas, el Uncastillo, a veces subíamos hasta El Tomás o la Bodega de Victor en Paseo Bonanova. Tomábamos algo, charlábamos y llegabas a casa dos o tres horas después del partido. El domingo por la tarde era una fiesta.

A principios de los 80 tomé una decisión que me costó mucho. Quería ir al Gol Sur, con mis amigos. Pero tenía que dejar a Gerardo y la vieja Tribuna. Me quedó el consuelo de que mis primos ya iban a menudo al fútbol con nosotros y acompañaban a su padre. Pero fue una decisión difícil. Quedaban atrás muchos años de recuerdos. Aunque la verdad es que durante años cada temporada tres o cuatro partidos, en los que mis primos no podían ir, volvía con Gerardo a recordar viejos tiempos. Recuerdo ver entonces el Gol Sur desde Tribuna. Bullicioso. Alegre. Con las banderas al viento. Y mi corazón partido entre mi Tribuna y mi Gol Sur.

No se si el fútbol ahora es mejor o peor. No se si los Estadios son más o menos cómodos. No se si los jugadores son mejores o peores. Lo que sí sé es que aquel fútbol era más familiar, más cercano, más próximo. Y en mi caso, como en el de tantos de vosotros a los que seguro también os pasa, vienen a la mente los recuerdos. Nunca olvidaremos aquellos olores, aquellos gritos, aquel murmullo, aquellos abrazos, las alegrías y las tristezas vividas. Tiempos inolvidables. Sarrià y nuestra vieja Tribuna.

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