En muchas ocasiones los socios y seguidores del RCD Espanyol a lo largo de nuestra historia hemos manifestado nuestras quejas por las actuaciones arbitrales y las sanciones sufridas.

Desde siempre hemos tenido la sensación de que no se mide a todos por el mismo rasero. Expulsiones, penaltis, goles anulados, sanciones,… Todos recordamos escándalos en los derbis, arbitrajes contra el Valencia, goles anulados injustamente que nos privaron de clasificación europea, sanciones a jugadores clave antes de partidos señalados. Todo ello ha supuesto durante años una sensación de agravio respecto a muchos de nuestros rivales. Esté o no esté todo ello ajustado a la realidad, si que parece que existe una evidencia: los árbitros, los comités, las sanciones, no son iguales para ciertos equipos “protegidos” que para el resto. Y un equipo como el nuestro “de entre los grandes siempre el más modesto” por desgracia ha sufrido en muchas ocasiones esta desigualdad en sus carnes.

No recuerdo a ningún equipo de la liga española que haya sido sancionado no en una, sino en dos ocasiones, a jugar en el exilio. Además con una diferencia de sólo ocho años: la temporada 87-88 y la 95-96. La primera de ellas el partido del exilio lo jugamos en Figueres. La segunda ocasión en Sabadell el 1996. Además, como en las grandes ocasiones, la meteorología se alió contra nosotros. La noche de Figueres, en la que perdimos contra la UD Las Palmas, un terrible viento asoló el estadio a lo largo del partido, haciendo difícil poder controlar el balón a los jugadores. La tarde de Sabadell fue una odisea. Una terrible tromba de agua obligó a suspender el partido antes de que empezara y repetirlo unos días después.

La temporada 95-96 era la tercera consecutiva de Jose Antonio Camacho en el Espanyol. El primer año ganamos la liga de Segunda, el segundo año no pudimos entrar en Europa por verdadera mala suerte aunque hicimos una gran temporada y el tercer año obtuvimos un éxito rotundo, acabando la liga en cuarto lugar. Toni Jiménez y Raul Arribas en la portería; Cristobal, Pochettino, Herrera, Nando y Torres Mestre en la defensa; Francisco, Arteaga, Brnovic, Bogdanovic, Pacheta y Àlex en el centro del campo; y Lardin, Urzaiz, Benítez y Raducioiu en el ataque. Gran plantilla y un equipazo que nos hizo disfrutar. Fuimos el segundo equipo menos goleado y uno de los más goleadores de Primera. En Sarrià solo perdimos dos partidos, en las jornadas 27 y 29 con el Atlético de Madrid y el Sevilla. A domicilio fuimos el segundo mejor  equipo de la Liga. Recuerdo victorias de mérito ante el Sevilla, Real Madrid, Betis o Real Sociedad. Aquel equipo tenía equilibrio: muy buena defensa y buen ataque, personalidad, empuje, velocidad, jugadores muy técnicos, veteranía y juventud. Transmitía seguridad y confianza. Y sobre todo un gran, enorme entrenador. Para mí, junto al Espanyol de los 70, los dos grandes años de Clemente y los años en que juntamos al tridente Tamudo, De la Peña y Luis García, lo mejor que he visto. Recuerdo perfectamente los pases de Francisco, los toques de calidad de Arteaga, las cabalgadas de Lardín y Benítez, los remates de Urzaiz, las paradas de Toni o la seguridad de Pochettino. Ese año además dió para varias historias: el 1-2 del Bernabéu o la derrota 2-1 del Nou Camp merecen capítulo aparte.

El 16 de septiembre de 1995 fue el día de mi boda. Me casé con mi mujer, Isabel, en la iglesia de la Virgen De la Vega, en Haro, La Rioja. Recuerdo perfectamente aquellas semanas. La ilusión de la boda (fueron tres dias, viernes, sábado y domingo con cena con los amigos el viernes, boda el sábado y comida en una bodega el domingo) junto a la ilusión por mi Espanyol. Aquel iba a ser un gran año. Durante el viaje de novios en Estados Unidos y República Dominicana buscaba con avidez algún periódico español para ver los resultados de los partidos. Mi mujer me observaba  con extrañeza mientras yo iba entrando en tiendas y buscando quioscos. No era fácil encontrar prensa española. Aunque siempre tenias la opción de llamar a la familia… Ella no se imaginaba que era tan forofo del Espanyol. A partir de entonces lo tuvo claro. Empezamos la liga como un tiro, cinco de cinco. Llegamos a Barcelona después del viaje. Llegué a casa. Corrí hasta el TV. Isabel me volvía a mirar, extrañada. Encendí el Teletexto. No podía ser. Me froté los ojos. Mira, cariño: “Vamos líderes”, y en la quinta jornada. Tras perder por los pelos en el campo del Atlético de Madrid la sexta jornada fuimos toda la temporada entre el segundo y el cuarto puesto.

Recuerdo que pasamos gran parte de la liga por delante del Barça, después nos igualamos e incluso perdimos varias oportunidades de adelantarlos de nuevo.

Esa temporada, el 18 de febrero de 1996, jugábamos en Sarrià con el Atlético de Madrid. Ellos llegaban líderes, nosotros cuartos y con ganas de revancha tras la derrota de la primera vuelta que nos quitó el liderato. Máxima tensión en Sarrià. Creo recordar el campo lleno y gran  ambiente. El Atlético se impuso 0-2 con un arbitraje clásico en Brito Arceo. Anti casero y  polémico. Un energúmeno tiró una mandarina cuando el árbitro se retiraba a los vestuarios al final del partido. La fruta le impactó en la pierna. Brito se desplomó. Por suerte no pasó nada. Todo quedó en un susto. Aunque siendo quienes éramos nos temimos lo peor.

Efectivamente, el Espanyol fue sancionado con un partido de cierre del Estadio. El club buscó una alternativa cercana, cómoda, un club amigo. Y el Sabadell se ofreció. La Nova Creu Alta volvería a vivir un partido de Primera. La fecha fijada para el partido en Sabadell fue el 28 de abril de 1996, un Espanyol-Oviedo, que correspondía a la jornada 38 de la Liga. La hora, las cinco de la tarde. Recuerdo ir en coche hacia Sabadell con mi hermana Inma y unos amigos. A medida que nos acercábamos diluviaba. Finalmente por la radio oímos que el árbitro había decidido suspender el partido. Media vuelta y a casa. Habría que esperar.

Se fijó nueva fecha, el ocho de mayo. Un día entre semana, miércoles. Pero el partido había adquirido más trascendencia. Si el Espanyol ganaba, casi se aseguraba la clasificación para Europa a falta de tres jornadas para el final (nos poníamos a 7 puntos del quinto). Recuerdo acabar antes el trabajo. De nuevo con mi hermana y amigos en coche hacia Sabadell. Por segunda vez en diez días. Se vivía ambiente de gran noche. Fuera de Sarrià, entre semana. Todo evocaba noche europea. La Nova Creu Alta llena. Ambientazo. El equipo, de gala: Toni, Cristobal, Nando, Pochettino, Torres Mestre, Bogdanovic, Brnovic, Francisco, Arteaga, Urzaiz y Lardín. Y fueron cayendo los goles: Urzaiz y Lardín en la primera parte, Bogdanovic y Lardín en la segunda. Pero lo que más recuerdo es el golazo de Victor Manuel Torres Mestre con un zurdazo de falta desde muy lejos a falta de diez minutos para el final. Apoteosis. Delirio. La Nova Creu Alta vibró en blanquiazul, pero esta vez perico.

Hoy volvemos a la Nova Creu Alta. Veinticuatro años después. Un estadio que trae muy buenos recuerdos. Tanto de partidos en Primera con el Sabadell como de aquella noche mágica. Con un club amigo, que comparte nuestros colores blanquiazules. El diseño arlequinado de los viejos álbumes de cromos de nuestra infancia. Un club en el que han jugado grandes ídolos pericos: Marañón, Tamudo, N’Kono, Gallart, Golobart, Zúñiga, Orejuela, Miguel Ángel, Marquez, Mauri,… Ahora está allí otro perico ilustre, Ángel Martinez. No existe otro club con el que hayamos compartido tanto. Pero durante los 90 minutos no hay amigos. Hay que ganar, y a ser posible recuperar de nuevo el liderato y no dejarlo hasta el final. Y esperar que el Sabadell se consolide y consiga en unos años el ascenso de nuevo a Primera. Que por algo es el tercer club de Catalunya, por historia, por afición y por tradición.


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