Cualquiera que esté leyendo estas líneas lo sabe. No habrá milagro y el día D, ese maldito día en que se consume nuestro descenso a Segunda, llegará. Y el único Club que ha sido fundador de los dos Campeonatos de Liga de este país (el masculino y el femenino), el que marcó el primer gol de la competición, una entidad con 120 años de historia y 85 presencias en la Primera División, dos finales europeas y varios títulos de Copa, el mejor Embajador de la Liga en un mercado de futuro tan importante como es China, el noveno mayor presupuesto de esta temporada de la Liga, nuestro querido RCD Espanyol, habrá completado una temporada nefasta y bajará de categoría con todo merecimiento. Tan cantado está ese descenso que los cronistas y analistas deben tener escritos ya sus obituarios. ¿Qué dirán? Si fuera yo quien tuviera que escribir sus crónicas hablaría de decepción, tristeza, fracaso, preocupación y unión.

Decepción porque sólo puede calificarse como decepcionante una temporada que suponía nuestro regreso a Europa tras la brutal explosión de alegría, invasión de campo incluida, de la última jornada de la anterior. Hemos pasado de la máxima ilusión a la máxima decepción haciendo escala en la perplejidad primero y la frustración después. La primera y preocupante señal fue el imprevisto y feo adiós de Rubi. La segunda, la dolorosa salida de quien era el gran referente del equipo y la afición, Borja Iglesias, que sorprendentemente se produjo sin que trajésemos un recambio mínimamente creíble e ilusionante. La tercera, el flojísimo arranque de Liga de un equipo que había empezado su preparación mucho antes que los demás para poder afrontar con garantías las rondas previas europeas. La cuarta, la chocante actitud de un entrenador que para nuestro desconcierto hizo todo lo posible para desaprovechar la enorme oportunidad que suponía para él el salto a la Primera División. Y así, sucesivamente. De decepción en decepción hasta la decepción final.

Tristeza porque los pericos sentimos los colores como pocas aficiones y, pese a que el mazazo del descenso no nos pillará por sorpresa, sus efectos supondrán un enorme palo. Al no producirse de forma dramática y como fruto de un mal resultado la última jornada, esta vez posiblemente no veamos un baño de lágrimas, pero eso no tapa que, aunque hayamos vivido toda la temporada en puestos de descenso, no estamos del todo preparados para algo así. Más bien estábamos convencidos de lo contrario. De que, por fin, de la mano de Chen Yangshen, habíamos dado con el perfil de gestor sensato y con recursos que nos iba a permitir crecer y mirar hacia arriba. Y eso hace todavía más difícil de asimilar y mucho más triste este descenso. En mi caso lo siento especialmente por esas generaciones de pericos que, como mi hijo adolescente, no lo han vivido nunca. Aunque me consuela pensar que, como me sucedió a mí en su momento, posiblemente este baño de realidad a la larga será algo positivo para ellos y les servirá para afrontar mejor las dificultades que tendrán que afrontar posteriormente en la vida. Una vida, la de los pericos, que siempre se ha parecido mucho más a la realidad que, por ejemplo, la de nuestros vecinos. Afortunadamente.

Fracaso porque la obligación de cualquier club de fútbol es quedar en la tabla clasificatoria a la altura de su presupuesto y cualquier posición por debajo sólo puede ser calificada como de mal resultado. En nuestro caso, pésimo, porque hemos acabado muchísimas posiciones por debajo de la novena posición que teóricamente nos correspondía. Tantas que nos va a costar un descenso por el que nadie hubiera apostado a principios de temporada. Dirán algunos que el fútbol no es matemáticas y tendrán razón. Pero la lógica presupuestaria acostumbra a imponerse casi siempre. Por eso celebramos tanto los éxitos imprevistos y sacamos a hombros o aplaudimos a quienes las hacen posible. Y por eso ahora toca ser críticos con quienes no han sabido cumplir con su obligación y debemos pedir que se acometa una necesaria renovación en todos los niveles de la entidad. En todos. Empezando por un Consejo de Administración que no ha sabido conectar con la masa social ni apostar por las personas adecuadas para gestionar el club y acabando por una plantilla y cuerpo técnico que no ha respondido a las expectativas ni al enorme esfuerzo económico realizado. Lo pertinente pues sería que algunos asumieran la responsabilidad del desastre y que viéramos una pequeña revolución en la plantilla y cuerpo técnico del primer equipo. De hecho, si esto fuera un club como lo fue antaño, no tengo la menor duda: el Día D vendría acompañado del anuncio de una serie de irrevocables dimisiones y de fulminantes ceses. ¿Los veremos ahora? Si me permiten un vaticinio al respecto, lo dudo mucho. Aunque tengo un motivo para la esperanza: la presencia de Durán al frente como gestor. En el Getafe demostró que sabía hacerlo. Y las decisiones de fichajes tomadas en el mercado de invierno fueron buenas. En mi opinión, merece crédito.

Preocupación porque debemos ser plenamente conscientes del enorme riesgo que hay detrás de un descenso de categoría. No ascender la próxima temporada sería peligrosísimo para el futuro de la entidad. Hasta ahora siempre hemos sabido regresar a la primera oportunidad a donde debemos estar por historia, afición y presupuesto. Pero no está escrito en ningún sitio que eso vaya a producirse por Decreto Ley y habrá que ganárselo en el terreno de juego. Sobre todo, en el terreno de juego, donde competiremos con un presupuesto mucho mayor que el de todos nuestros rivales y estaremos obligados a hacer valer eso. Pero convendría ser capaces de reforzar nuestra teórica superioridad también en otros ámbitos haciendo valer también nuestro peso histórico y nuestra fuerza en la Federación y en la Liga de Fútbol Profesional. Algo que, incomprensiblemente, tampoco hemos sabido hacer hasta ahora.

Y finalmente unión porque, aunque hayamos sufrido una gran decepción, sintamos una profunda tristeza, tengamos una terrible sensación de fracaso y miremos al futuro con preocupación, somos pericos y eso significa apoyar incondicionalmente a los nuestros, sean quienes sean los que tengan la responsabilidad de devolvernos a esa Primera División de la que jamás debíamos haber descendido. Repito: sean quienes sean. Nuestro instinto de supervivencia indica claramente que toca seguir juntos y unidos; ahora, detrás del único e inexcusable objetivo para la próxima temporada: el ascenso. Muchos ánimos y a por ello.

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